DE LA CONSTRUCCIÓN DE LA MASCULINIDAD
SEXO Vs GÉNERO
"El hombre es, entre los animales,
el único dominado por la cultura,
por influencias aprendidas y transmitidas"
Richard Dawkins
El modelo de hombre dominante en nuestra sociedad occidental es un modelo en crisis. Esta crisis tiene su origen en la incorporación de la mujer al desempeño de roles y acceso a ámbitos sociales que parecían reservados al hombre. El desempeño de estas funciones sociales por parte de la mujer ha sido posible por cambios políticos, sociales y cientificotécnicos que han facilitado su incorporación al sistema productivo remunerado, que venia siendo asociado al papel masculino, y les ha aligerado las tareas de crianza que les demandaba más dedicación. Sin embargo, este cambio de modelo no se ha acompañado del cambio correspondiente en los mandatos asignados al hombre. Por lo que se siente cuestionado al ver que aquellas tareas que considera definitorias de su virilidad son desarrolladas por la mujer con idénticos, si no mejores, resultados, a la par que se le reclama realizar tareas y funciones que, consideradas propias de mujeres, cuestionan su identidad sexual.
Esta situación precisa la comprensión de lo que significa ser hombre en nuestro medio y en la época actual, requiere que prestemos atención a como se construye la masculinidad y al papel que la cultura, más allá de lo puramente biológico, desempeña en ese proceso entre los seres humanos. Como todo animal de reproducción sexual, el ser humano nace dotado de unas características físicas que lo definen como perteneciente a un sexo macho o hembra. Sobre este sexo biológico se construye, socialmente, el género o sexo de crianza correspondiente a hombre o a mujer. Los caracteres que definen el sexo biológico vienen dados por unas condiciones genéticas, bioquímicas, hormonales, sujetas a las leyes de la evolución de la especie. Hacerse hombre o mujer es una adquisición que tiene lugar en la socialización mediante el aprendizaje de unos papeles y funciones sociales culturalmente asignados a cada sexo biológico. Sexo y género son, pues, categorías distintas, no son conceptos unívocos y el género no es el producto de la maduración del sexo.
Las funciones reservadas a cada sexo para alcanzar dichos fines han mostrado estabilidad a lo largo de la historia y su evolución está sujeta a cambios sociales, a veces revolucionarios. Los estudios antropológicos constatan ciertas constantes en el modelo de masculinización en diferentes culturas. La existencia de algunas tribu en las que no existen diferencias claras de distribución de papeles sociales por género hombre/mujer, es interpretada como la constatación de la importancia de la cultura frente a la biología en la distribución de roles sexuales. En aquellas culturas en las que hay una distribución de funciones sociales por sexos, como es nuestro caso, el género responde al objetivo de preservar la propia vida y la de la especie y en estrecha relación con los modos de producción, los avances científico-técnicos y los mecanismos de protección. Al hombre se le asignan los papeles de reproductor, sustentador y defensor de las personas que están a su cargo.
El proceso de socialización del individuo comienza desde el mismo momento del nacimiento y en él interviene tanto el entorno en el que se produce como la maduración psicobiológica del propio neonato. Se trata de una relación asimétrica en la que el infante, con los instrumentos con los que cuenta como organismo, interacciona con su entorno, en un principio representado por la madre que guía su desarrollo, presta los cuidados, complementa sus carencias y cubre sus necesidades de acuerdo con sus pautas culturales. Es este un proceso de adquisición de la identidad que parte de una fase de no diferenciación con la madre y ha de llegar a tomar conciencia de si, primero identificándose como alguien distinto y paralela/posteriormente como alguien con un sexo distinto a ella que ha de desempeñar unos papeles sociales diferentes a los maternos. La construcción de la masculinidad es un proceso que se realiza por la negación de esa identificación inicial con la feminidad, lo que requiere el rechazo en sí mismo de toda característica femenina y el rechazo al desempeño de unos roles y funciones sociales femeninos. Esa interacción genera una inseguridad básica que lleva a que la masculinidad haya de ser mostrada y demostrada públicamente, ya sea exhibiendo actitudes homófobas, como demostración pública del rechazo en si mismo de los deseos femeninos, con conductas misóginas, como constatación pública de su no identificación con conductas o roles de la mujer. De otro lado ha de exhibir su eficacia en el desempeño de todos y cada uno de los mandatos reservados al hombre. tanto en la capacidad sexual (exhibición de conquistas sexuales) y reproductiva (embarazando), en la autosuficiencia económica, entendida como capacidad de cubrir las necesidades familiares (exhibiendo el éxito social, prodigando favores) y el proporcionar defensa de los familiares frente a agresiones externas (asumiendo riesgos, arriesgando, compitiendo, etc).
Ser hombre hoy es replantearnos el papel que nos toca jugar en nuestro medio y cuestionarnos si los papeles que nos vienen asignados siguen siendo utiles en nuestra sociedad, para alcanzar los objetivos de conservación de la vida y la relación entre las personas. Es tambien necesario buscar los cambios que hemos de introducir en las funciones que venimos desempeñando, que nos están impidiendo nuestro desarrollo personal, e identificar que conductas y valores hemos de conservar porque son valiosos. Para ello es básico aceptar las consecuencias de tres hechos. En primer lugar que, tal como señalaba al principio sexo y género son categorías distintas y que la construcción del genero masculino es un proceso de socialización mediante la adquisición de unos modelos culturales que a fuerza de replicación hace que estén tan interiorizados en nosotros que lo veamos como lo natural, al mismo nivel lógico que las características biológicas (posesión de ovarios o testículos) y que seguimos repitiendo aunque las características del medio a las que daban respuesta haya cambiado. Pero no deja de ser una convención susceptible de ser modificada según convenga o por cambio en el paradigma cultural. En segundo lugar, que el proceso de socialización se inicia desde el momento del nacimiento con la identificación del niño con el ser que lo cuida, que esa relación es tan íntima e indiferenciada que la construcción de la identidad masculina es un esfuerzo de diferenciación que supone un alto precio. De lo que parece lógico deducir que, en la medida en que ese cuidador sea un hombre y se ocupen espacios hasta ahora no masculinos, se generaran procesos de socialización distintos a los que, hasta ahora, vienen siendo la norma. En tercer lugar, que en nuestro medio ha tenido lugar una revolución socio-cultural que nos esta demandando a los hombre ocuparnos de tareas y funciones hasta ahora reservadas al rol femenino, y que las mujeres ya ocupan papeles sociales reservados hasta ahora a los hombres. Esta situación genera en muchos hombres ansiedad, inseguridad y es fuente de conflicto social y familiar. La crisis del modelo masculino deriva precisamente de que los mandatos reservados al hombre los puede hacer sin ningún problema la mujer y los mandatos femeninos no los podemos hacer los hombres sin sentirnos cuestionados en nuestra hombría. Contradicción que no se puede resolver sin un cambio de modelo cultural en la distribución de los roles sociales.
(para ampliar este tema consultar DD Gilmore, E. Badinter y K. Thompson)
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